El diezmo desempeñó un papel importante en la economía de las sociedades desde el antiguo Israel hasta los días de la Europa moderna. Si bien es cierto que es importante reafirmar la naturaleza del diezmo como señal de lealtad hacia Dios por parte de su iglesia; no obstante, la mayoría de estudiosos, especialmente pentecostales y carismáticos, prefieren enfocarse en los beneficiones materiales que uno puede obtener de Dios al diezmar. Por lo tanto, el propósito de este artículo es ir tras una motivación teológica para diezmar, bíblicamente fundamentada, con énfasis en la relación que hay entre el diezmante y Dios. Para ello, se recurrirá a las dos narrativas del Génesis, en donde se menciona al diezmo por primera vez en la Biblia. Para concluir, los hallazgos serán vistos desde una perspectiva cristológica.
Las buenas obras y los actos de bondad son extremadamente importantes, pero su valor es diferente de cómo se los considera normalmente. De hecho, la Biblia enseña claramente que somos salvos por la gracia divina mediante la fe en Jesucristo (Juan 5: 24; Rom. 3: 22-26; Efe. 2: 4-9) muy aparte de nuestras obras (Rom. 3: 21, 28; 4: 6; Gál. 2: 16). Sin embargo, si nos ubicamos en el contexto del juicio divino (Mat. 16: 27; 2 Cor. 5: 10; Heb. 9: 27), valdría la pena preguntarnos: ¿cuál es el papel de nuestras buenas obras y obediencia? Muchos cristianos socavan el valor de las buenas acciones debido al malentendido de su papel respecto al caminar cristiano con Dios.
Daniel y Apocalipsis son dos libros bíblicos peculiares pues su mensaje eminentemente simbólico, con bestias que salen de la tierra y del mar y enfocado en el fin del mundo, causa temor entre los lectores de hoy. Sin embargo, ¿deberíamos temer a los eventos finales y al fin del mundo, tal como está registrado en estos dos libros proféticos? ¿Será posible encontrar en ellos un mensaje de esperanza? Para responder a estas preguntas, primero veremos cómo Daniel y Apocalipsis moldean 1) nuestra percepción de la historia, 2) nuestro concepto de la existencia y 3) nuestra expectativa del futuro en tres dimensiones: global, eclesiástico y personal.